Edicion : 9351 lunes, 24 de febrero de 2020 Edicion Archivada

Opinión


Por : José I. Delgado Bahena 

Sector 7


Publicada:  25 enero, 2020 -- Actualizada: 24 enero, 2020

* ¿Qué leen los jóvenes?

Recuerdo que mi afición por la lectura nació desde que estudiaba la educación secundaria, en la ESPI. En ese entonces, quienes asistíamos a la escuela, teníamos pocas oportunidades para tener en nuestras manos materiales de lectura. Por ejemplo: leí fragmentos del Poema del Mio Cid, de autor anónimo, que es una narración ubicada en el español medieval, que me hizo imaginar las aventuras y los conflictos por los que tuvo que pasar Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador.

Después de leer la reseña que traía el libro y fragmentos de la obra, además de las explicaciones de nuestra maestra de español, me sentí tremendamente atraído hacia la literatura y, desde luego, la lectura fue prioritaria en mi vida. Después nacería en mí la inquietud por escribir.

Cuando entré a estudiar al CREN, tuve la facilidad del acceso a los libros, por la biblioteca de la institución, y cayó en mis manos “El retrato de Dorian Gray”, de Óscar Wilde, una increíble historia de este autor irlandés que retrata a la sociedad de su época y logra convencernos de que el retrato de su personaje envejece y se deteriora por cada pecado que comete Dorian, mientras este conserva la juventud y la belleza.

Esta lectura me provocó tanta emoción que no pude contener mis impulsos lectores y, afortunadamente, me adentré a navegar en “La metamorfosis”, de Franz Kafka; entonces, sufrí con Gregorio Samsa las vicisitudes que tuvo que enfrentar al amanecer convertido en  un insecto, medio escarabajo, medio cucaracha. Esta novela, metida en un conflicto psicológico del autor, de acuerdo con las interpretaciones que se le han dado, fue la que reafirmó mi inquietud por la escritura, y me dije: un día quiero escribir algo como esto, de manera que mis lectores queden convencidos de que, lo que se narra, ocurre en su mente.

Claro que, inducido por estas lecturas, me motivé para estudiar Lengua y Literatura Españolas, en la Normal Superior de México, donde nos “obligaron” a leer a los clásicos: La Iliada y la Odisea, de Homero; “Edipo rey”, de Sófocles; “La guerra y la paz” y “Ana Karenina”, de León Tolstoi; “Crimen y Castigo”, de Fiodor Dostoyevski; “Eugenia Grandet” y “La piel de zapa”, de Balzac; Madame Bovary”, de Flaubert; “Rojo y negro”, de Sthendal; Nana de Émile Zola; “La divina comedia”, de Dante Alghieri; “Hamlet” y “Romeo y Julieta”, de Shakespeare; “Las mil y una noches” y “la Biblia”, por supuesto, entre muchas otras que escapan de mi memoria.

Estas lecturas nos abrieron un panorama generoso de imaginación e historia que fortalecieron, en mí, la ansiedad por leer más y, claro está, por escribir.

Pero cuando leí estos primeros textos, estaba muy joven y no necesitaba más. Con el paso de los años fui avanzando en mis lecturas y así llegué a los contemporáneos, pasando por la poesía, las obras dramáticas y los ensayos. Es decir: mi abanico capturó mi atención y se diversificó en cuanto a autores, países de origen y temáticas.

Pasé de igual manera por las novelas de la Revolución, por la poesía del romanticismo, la barroca, la contemporánea, el realismo y el modernismo. Leí tanto a Calderón de la Barca, como a Federico García Lorca e, indiscriminadamente, dejé la temporalidad y mis manos se extendieron para tomar los libros que mi vista y mi sensibilidad les sugerían.

José Saramago, Gabriel García Márquez, Mario Benedetti, Pablo Neruda, Sor Juana, Irving Wallace, Gabriela Mistral, Dan Brown, Francisco Rojas González, Alfonsina Storni, Jaime Sabines, Isabel Allende, Carlos Ruiz Safón, entre  muchos otros, clásicos y actuales, han nutrido mi intelecto y mis emociones. De todos ellos me he sentido agradecido por el legado novelístico y poético que nos han dejado, por las incontables horas de placer, de entretenimiento y sabiduría que forman parte de la nube fresca que me acompaña durante los días más soleados y calurosos.

Por eso me preguntaba: ¿Qué leen los jóvenes? Lamentablemente, advertimos que la lectura está dejando de ser importante en nuestra sociedad actual. Antes, solíamos llevar un libro en la mano para leer en la combi, en el metro, en la fila de las tortillas o en la sala de espera del médico. Ahora llevamos el teléfono celular y es nuestra prioridad para entretenernos mientras esperamos.

Pero no todo está perdido. Desde luego, aún hay jóvenes interesados en los libros e instituciones que consideran importante el hábito de la lectura. De esto hablaremos en la próxima entrega. Hasta entonces. 

Copyright: Diario 21

e-Paper

VER ACERVO